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Big data Financiero

 “It’s too late to change events | It’s time to face the consequence | For delivering the proof | In the policy of truth” – extracto de la canción Policy of truth de Depeche Mode

Durante estos últimos años se han reunido los grandes protagonistas de la banca retail y la banca privada para establecer la hoja de ruta de los años venideros. Las conclusiones las encontramos en sendos informes realizados por PWC y Accenture que llevan por título: Retail Banking 2020, evolution o revolution? y Banca Privada: Forward.

Ambos coinciden: el objetivo es (recobrar) la confianza del cliente.

En el primero de los informes, el punto de partida es ciertamente creíble. En el inmediato futuro, cualquiera de nosotros iremos por la calle ataviados con nuestras gafas inteligentes y a través de ellas accederemos a nuestra cuenta, veremos el saldo y movimientos, ordenaremos un pago y podremos incluso solicitar una reunión con nuestro asesor.

El resto resulta desconcertante. Ambos informes plantean que la banca tanto retail como privada deben volcarse en conocer al cliente, conocer sus objetivos financieros y alinear sus productos financieros con ellos. Para ello resulta imprescindible no sólo el conocimiento del cliente (usos, costumbres, hábitos de consumo, familia,…) sino que, además, es indispensable dotarle de información suficiente para educarle en materia financiera y que pueda interpretar y entender todo aquello relacionado con su inversión.

¿Por qué tiene que ser en el 2020? ¿Por qué no puede ser ya? ¿Por qué no se ha podido hacer hasta ahora?

Hasta hace tan sólo pocos años, las numerosas oficinas bancarias facilitaron que, en nuestro país, el director de la oficina llegara a ser un miembro más de las familias. Estando perfectamente al día de los hábitos de consumo y de la evolución de la familia. De este modo, las entidades financieras tenían el conocimiento del cliente en primera persona y bastaba con actuar en consecuencia.

También es cierto que nuestra sociedad no tenía mucha consciencia financiera pues la inversión en divulgación financiera y en cultura del ahorro era mínima por no decir inexistente.

La progresiva supresión de las oficinas bancarias, la aparición de los smartphones y la viralidad de las redes han contribuido a que los ciudadanos tengamos mayor información, mayor consciencia del riesgo y mejor cultura del gasto y del ahorro. Es cierto que hemos sido empujados por la crisis y por las medidas empleadas para salir, artificialmente, de ella. Así, cada vez utilizamos más los dispositivos móviles para hacer muchas de las cosas que hacíamos en las oficinas bancarias y la tendencia en su uso, como veremos en el siguiente gráfico, va a incrementarse en los próximos años.

Pagos móviles

Diciembre 2013. Alguien significativo para el sector financiero tanto nacional como global da, al fin, con la clave. Francisco González, presidente del banco BBVA, señala (ver artículo) a Google, Amazon y Facebook como los principales rivales de la banca y afirma que cuentan con herramientas con un gran potencial como PayPal, Square, iZettle, SumUp y Dwolla. Y desencaminado no va. Recientemente, se ha añadido Apple con su Apple Pay que ya ha firmado sendos acuerdos con Mastercard, Visa y Amex para poder hacer los pagos por el móvil.

Como veremos en el gráfico siguiente el uso de estas plataformas ya es una realidad al otro lado del Atlántico:

Monederos digitales más populares

Es indudable que las posibilidades que brindan las monedas y transacciones digitales abren un nuevo escenario en donde la banca tradicional va a ver desplazada su ascendencia sobre los consumidores ya que aquella brinda mayor accesibilidad y comodidad que ésta y los costes son sustancialmente menores.

Por este motivo, el uso de los dispositivos digitales para transacciones comerciales cada vez va a ser más habitual:

Usuarios pago por móvil 2009 a 2016

¿Pero son los menores costes los que sitúan a gigantes como Facebook, Google, Amazon o Apple como los grandes rivales? Me niego a pensar que así sea. Si fuera así el banquero tendría su puesto asegurado.

El verdadero motivo es que lo saben todo de nosotros y, lo mejor de todo, es que esa información la hemos puesto cada uno de nosotros de forma voluntaria. Por lo tanto, ellos sólo deben aglutinarla, tratarla e interpretarla. Este es el big data financiero.

Intentaré ser más conciso. Cuando uno va su banco, sobre todo banca personal o privada, le hacen un cuestionario en donde se disecciona el perfil personal, familiar, patrimonial y su perfil de riesgo. También se establecen los objetivos financieros familiares principales y, en base a ellos (o al menos eso parece), se aconsejan unos productos financieros para su consecución.

Pero esa información, posteriormente, debe revisarse. ¿Por qué? Porque nuestra vida no es siempre la misma y estamos en continua evolución. Existen eventos que pueden hacer cambiar los planes y objetivos inicialmente establecidos. Como, por ejemplo, el nacimiento de un hijo. Esos nuevos datos deben incorporarse automáticamente a nuestra cartera y reestructurarla.

Así como al banco se lo has de contar para que trabaje en ello. A Google+ o Facebook los haces partícipes de cada nuevo evento y, como no te has leído las condiciones de uso al hacerte de la red social, el tratamiento es inmediato.

Con todo, no sería de extrañar que, en breve, fueran estas plataformas no sólo las que nos aconsejaran los productos financieros más adecuados para nosotros sino que, además, pudiésemos contratarlos a través de las mismas.

El contrasentido de todo esto es que la revolución en el sector financiero no ha sido liderada ni motivada por ningún actor del propio sector.

Un nido de paradojas y contradicciones: soy un abogado atraído por el mundo financiero, un hombre de acción al que le gusta pensar y escribir, alguien dedicado al mundo del dinero pese a saber que lo que importan son las personas, un hombre de paz que no deja de dar guerra. Me apasionan mi familia, mis amigos, la vida, los debates y el vino. Y si todo esto coincide en un mismo lugar, éste se transforma en el paraíso.

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Sobre mí

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